Gracias a Laura por el video, no es justo que mientras yo estaba indignado tu saltases de alegría por el pasillo
Con este vídeo que encabeza la entrada se podría resumir todo el viaje a Francia. Ya empecé hablando de ello en la primera entrada, pero es que todavía no me canso de repetir que los italianos se pueden meter los kilos de pizza y pasta por donde los curas italianos juegan con los niños. Y es que en ese momento que me cayó la cerveza del aire, la vida de todos los italianos pasó ante mis ojos y a punto estuve de coger un mechero y quemar todas las diapositivas para que ardiesen felizmente en sus habitaciones de ese "hotel".
Y digo hotel porque en los tres días de Nîmes pasó de todo para que a ese edificio se le pueda considerar hotel. Empezamos por las puertas, dignas de cualquier película medianamente cutre de terror. Allí no hacía falta inversión en efectos especiales par
a que las puertas chirriasen como cerdos cogidos de los huevos o para que estas pegasen portazos solas. Nada de nada. Tu cogías tu puerta, la abrías con la tarjeta, soltabas la mano y... Voilà! Tu película de terror en menos de dos segundos, con monstruos incluidos, interpretados por italianos borrachos.
Pero ahí no se acaba la cosa porque también tenemos la habitación nº Coño de la Bernarda. ¿Y a que no sabéis quien tenía la habitación "Coño de la Bernarda"? Sí, el mismo gilipollas al que le cayó cerveza en la ropa. Al parecer, alguien muy gracioso hizo la gracia (valga la redundancia) de abrir mi habitación con otra llave... con tanta mala gana que acertó y la puerta se abrió. Es decir, cualquiera que tuviese una llave podía meterse en mi habitación (aunque la compartía con otros dos) en medio de la noche y violarnos, robarnos o ponerse algún canal erótico en francés porque la noche pintaba muy aburrida.
Y ahí es donde entra el otro factor del ciclo al que denominaremos putiferio: la noche. Y es que la oscuridad nos trastornaba a todos. Unos tenían crisis alimenticia y como no estaban contentos con la comida del hotel (muy rica, por cierto) se cruzaban la calle y se iban al McDonald's que tenían en frente. Sí, teníamos un restaurante de comida rápida a dos pasos. Pero eso no parecía tan fácil, y es que todo en esta vida tiene consecuencias. Si salías a partir de las 22:00 corrías el
peligro de que la policía te cogiese y te llevase de nuevo al hotel en plan preso. Al parecer, en Francia tienen un toque de queda para menores, entonces en medio de la noche podías encontrarte a unos agentes en la recepción del hotel... o a unos bomberos.
Sí, un día en el hotel, la alarma de incendios empezó a sonar. Menuda juerga se montó en el pasillo. Todo el hotel sonaba con el continuo y ensordecedor ruido que suelen llevar las alarmas por costumbre. Intentamos darla golpes para que se callase, otros cogieron extintores, los descolgaron y los dejaron en el suelo (bomberos adolescentes en prácticas). Con el follón que se montó, vino una enana a regañarnos, ponernos normas y cagarse en toda nuestra familia (pero en francés, así que no lo supimos): que si no podíamos estar en la misma habitación varias personas juntas, que si todos a las 22:00 dentro de sus habitaciones, que nada de estar por los pasillos...
¿Y sabéis por qué fue? Por el humo del tabaco o de cualquier otra sustancia que desprenda humo. Yo, en un primer momento, sospeché de los italianos de abajo (aunque luego se descubrió que fueron los inteligentes de nuestro propio instituto con la magnífica y brillante idea de echar desodorante por toda la habitación y encender un mechero -no hace falta explicar el resultado-). Y sí, hubo dos grupos de italianos: unos, el primer día, y los otros, los dos últimos días.
La alarma también pudo sonar porque creímos que se estaban fumando el árbol que había en la parte trasera del hotel ya que subía, por el patio, tal peste a porro y una concentración tan ingente de humo que parecían estar quemando la madera de las mesas porque no les quedaban suficientes ramas.
Y creo que en eso se resume la juerga que nos corrimos
por el primer hotel de Francia. También me sangró la nariz porque calculé mal al darme la vuelta en la cama (sí, esa foto es verdad), también se rompió la pata de mi cama porque algún idiota (esta vez no fui yo) saltó en ella... Vamos, que solo faltaba bajar descalzo a cenar y que todo el mundo se fijase en ti porque no sabía que te dolía el pie y no podías llevar ningún tipo de calzado si no querías acabar cojo (sí, también me pasó eso...). Y vamos, no os contaré los acosos que sufrieron los italianos por parte de unas compañeras nuestras, ni esas bonitas frases que les dedicaban, a gritos, por el pasillo mientras corrían como posesas:
- ¡Me vais a comer to'l coño!
- ¡Estoy to' cachonda!
Gracias a las apariciones estelares de Laura, Diego (en la puerta, detrás, al fondo), Jonathan (que me pide una Chip Ahoy!), Juan (sin camiseta), Pablo (con cara de empanaó) y Teo (nuestro querido profesor de Historias de la Religión)
I'm the first!
ResponderEliminarCiao Ger :)
Mejor así, te quiero!
Lau ^.^
Mira por donde me estoy enterando de algo mas del dichoso viaje a Francia,ya que tengo un hijo parco en palabras(con quien le da la gana)y parco en contar historias(tambien donde le da la gana).Claro que seguro que a partir de ahora y viendo el escaso interes del protagonista por contarme algo,yo pondre el mismo interes en hacer croquetas u otras delicatesen.
ResponderEliminarTu peor pesadilla
Estos viajes dan mucho de sí. Me ha encantado la frase del vídeo: "A los italianos ni les contestéis. Sobre todo a las chicas". Jujauuajujuuaaaaaa. ¿Y qué demonios van a hacer los adolescentes en el extranjero si no es intentar aprender de otras culturas? En mis tiempos hacíamos lo mismo y en mi caso fueron los franceses los que se nos atragantaron en nuestro viaje.
ResponderEliminarLo mejor, "va a ir a roma su puñetera madre...!"
ResponderEliminarñiiiii...¡¡PUMMM!!
joer... cuidado con las puertas!
xD
Lau :D