
Hace unas horas pensé que Ptolomeo, Galileo y la presión hidrostática no me dejarían evadirme en mi mundo de colores y fantasía, aquel en el que los 365 días del año son preciosos y en los que mi cama siempre está lleno de pétalos a lo American Beauty. ¿Veis lo que me habéis hecho decir? Si es que el día de San Valentín nos afecta a todos, aunque de diferente manera.
Las abuelillas, por ejemplo, lo celebran felicitando el santo de todos los Valentín y Valentinas que haya en su pueblo. Los más románticos lo celebran yéndose a un gran restaurante y regalándose cajas de bombones de chocolate y ramos de rosas. Los más salvajes se tiran la tarde en la cama y los jóvenes... pues estudiamos de Física y Química para el examen del día siguiente.
Yo sigo encaprichado en que el amor hay que celebrarlo todos los días, y no únicamente este día y los sábados por la tarde en el que toca el polvo semanal. Eso sí, no estoy diciendo que todas las parejas del mundo mundial se demuestren lo mucho que se quieren el 14 de febrero de cada año, pero muchas de ellas sí.
También sigo encaprichado en decir que este día es un poco sacacuartos y que los centros comerciales y tiendas aprovechan para sacar la típica oferta en la que te gastas el sueldo de un mes solo por ver a tu pareja feliz de la muerte. Hay que organizarse bien y posponer el día de los regalitos al día siguiente, cuando todo el mundo ha reiniciado su sistema operativo y ya nadie se acuerda del día de San Valentín si no es por la postal amorosa que has dejado encima de tu mesilla o por la típica comedia amorosa que cuenta con un elenco de famosos.
Pasad una buena noche y no bebáis mucho champagne para celebrarlo o entonces puede que paséis una velada muy romántica con el carcelero de turno y los jabones que se caen por accidente en las duchas.
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