
Tati ha vuelto al blog, y con ella mil y una historias sobre una lejana tierra llena de mafiosos, ruinas y muchos muchos espaguetis.
Si, señor, Tati ha vuelto de ITALIA.
Después de 24 horas de intenso viaje en autobús, donde aparte de un ambiente cargado debido al calor humano y a la falta de higiene, se oían los agudos quejidos de mis pobres compañeros que intentaban desesperadamente dormir en las posturas más enrevesadas del Kamasutra, llegamos a la bella Venecia, donde una servidora se abalanzó sobre el camarero de la gasolinera más cercana en busca de combustible en forma de café que le permitiera seguir el largo día le quedaba por delante.
Después de un capucchino, un “arrivederchi” y dos o tres ostias bien dadas, partimos en un barco-bus hasta el centro de Venecia, donde contemplamos, entre empujones y gritos,

máscaras de colorines, pizzas de todos los tamaños y sabores y mozos sanotes con sombrero que cantaban mientras navegaban en grandes góndolas.
La visita hubiera sido perfecta sino fuera por el entumecimiento de nuestro cuerpo y las borderías de los italianos.
Voy a pedir el libro de reclamaciones, porque en las películas siempre he visto a bronceados y ungidos italianos, guapos, altos, amables, que cocinan pasta para sus churris y por la noche se dedican a mafiear por las calles… y llego a Italia y no me encuentro más que viejos y amargados italianuchos que no hacen más que empujarte por la calle, gritarte y encima llamarte a ti maleducado. Varias veces nos amenazaron con llamar a la policía por sentarnos, cansados ya de no encontrar un puto banco, en el suelo, amenazándonos con multas de 300€. Incluso hubo una mujer, que me paró y me separó del grupo para decirme que no andasemos por una calle, porque la gente iba en sentido contrario y montaríamos mucho follón.
A duras penas conseguimos llegar al hotel, dónde cenamos espaguetis con tomate y una especie de carne jasca que se hacía bola y era intragable. Aun así, sobrevivimos, aunque solo fuera para poder volver a

ducharnos y sentirnos personas decentes.
Antes de poder volver a poner un pie fuera del baño, nuestros profesores pasaron habitación por habitación diciendo que varias habitaciones del hotel (italianos, por supuesto) se habían quejado del ruido que hacíamos y que iban a llamar a la policía como no nos callásemos. Ya era la 3º vez que nos amenazaban en el día con llamar a la policía y repito, nos estábamos duchando.
Al día siguiente partimos hacia Roma, dónde nos paramos a cenar espaguetis con tomate y carne jasca que se hace bola… por si no nos había parecido suficiente. Después dimos un bonito paseo de 4 horas, en el que nos perdimos unas 10 veces y que casi por casualidad nos devolvió al hotel.
Descansados y frescos por la mañana fuimos al Vaticano, dónde le compré al jefazo del blog un rosario que no se ha dignado a mirar. Vimos muchas pinturas y esculturas bonitas, y la capilla Sixtina más pequeña de la historia. Acostumbrada a ver las grandes imitaciones de la Creación de Adán, verlo en escasos 3 metros cuadrados, no motiva mucho. Pero bueno, es una simple opinión.

Lo que más me interesaba ver era la cúpula de San Petro, desde donde se podía observar todo Roma, por lo que nos dispusimos a hacer fila para subir los 500 escalones que nos separaban de ella, con los 5€ en la mano que debes pagar.
Como todo iba demasiado bien aquel día, el italianillo de turno tuvo que tocarnos las narices diciendo que a partir de las 5 de la tarde no se podía subir andando, sólo en ascensor, que cuesta 3 euros más, con el que subes 200 escalones menos.
Sin poder hacer otra cosa, nos dispusimos a pagar cuando el italianillo no se quedó contento y tuvo que echarnos la bronca por “la manera de tirarle el dinero”.
Al que iba detrás de nosotros, también le gritó, porque le había dado un billete doblado por la mitad, y al parecer eso era indignante.
Después de 300 eternos escalones, con pasillos inclinados dignos del mejor parque de atracciones, llegamos a la cima y chicos, valía la pena.

No todo fueron broncas, aparte del Vaticano vimos la Fontana di Trevi, el Panteón, el Coliseo, el foro y como mil plazas preciosas llenas de obeliscos y fuentes gigantes.
Cuando ya nos creímos saturados de tanto romano, fuimos a Florencia, donde pudimos ver el magnífico David de Michelangelo (Miguel Ángel, para los incultos). ¿He dicho que lo pudimos ver? Que tontería... Nos echaron nada más entrar. Al parecer, también éramos demasiado maleducados.
Por último, acabamos en Pisa, en la plaza donde se encuentra la torre de Pisa, la cual vimos gibada deprisa y corriendo para volver en bus otras 24 horas hasta llegar a Zaragoza.
Debo decir que no todos eran bordes en Italia… también había chinos. Graciosos y divertidos chinos que no dudaban en hac

erse fotos con nosotros cada vez que encontraban la ocasión. Un día en Venecia, le pedimos a una mujer china que nos hiciera una foto, y para cuando nos dimos cuenta, teníamos alrededor una maraña de chinos haciendo gestos junto a nosotros.
Aparte de monumentos, también vimos una ingente cantidad de tiendas, llenas de souvenires para nuestras familias y amigos y una gran cantidad de restaurantes, todos ellos llenos de pasta y pizzas con las que nos pusimos morados. La verdad es que no sé como hicimos sitio en el cuerpo para esos pedazo de helados italianos riquísimos.
Realmente, podríamos haber vuelto a Zaragoza rodando.
Lo mejor de todo fue llegar y saber que aun me quedaban 5 días de fiestas en Zaragoza.
¡Vivan las fiestas del Pilar!
… pero eso ya es otra historia.